domingo, 13 de abril de 2014

Un Modelo Que No Se Debe Imitar (Segunda Parte)

Dos monjes meditan en medio del campo. A uno lo rodean muchos conejos. Al otro no se le acerca ninguno. Éste le pregunta al primero:
-Dime, si ambos meditamos con fervor el mismo número de horas, ¿por qué a ti se te acercan los conejos y a mí no?
-Es muy simple -le responde el otro-: lo que pasa es que yo no como conejo y tú sí.

Preguntan a Ramakrishna:
-Si usted lanza una piedra al infinito, ¿hasta dónde llega? El místico responde:
-Llega a mi mano.

Un camionero se detiene en la frontera. El aduanero le pregunta: -¿Algo que declarar?
-¡Nada en absoluto!
El aduanero abre el camión y exclama:
-¿Y esto? -al ver un elefante emparedado entre dos pedazos de pan unidos con una cuerda.
-¡Adónde vamos a llegar, si uno no puede ya poner lo que quiera en su sándwich! -replica el camionero fuera de sí.

Ciertas personas se imaginan que tienen derecho a hacer cualquier cosa, incluso a poner un elefante en su bocadillo. Minimizan lo que va mal en ellas, pensando que es inofensivo y de ninguna manera reprensible.
Un hombre le dice a un buen amigo:
-¿Por qué me abandona mi mujer después de doce años de vida en común? ¿Por qué se lleva a los niños? ¿Por qué ha dejado de quererme?. Esta situación es insoportable.
El buen amigo le responde:
-¿Crees que para ella la situación no es igual de insoportable que para ti? ¡Qué doloroso tener que decir al ser con quien ha compartido su juventud: «No te quiero! ¡Me llevo a los niños!». También ella está frente a un grave problema.

¿Es tan inocente, en realidad, este hombre en esta situación? En el fondo, para resolver su problema, debe ponerse en el lugar de su mujer y comprender su sufrimiento. ¿Qué le ha hecho? ¿Por qué reacciona ella de ese modo? Antes de pensar en él, debería preguntarse cuál es verdaderamente el problema en el que ella se encuentra. No debe hacerse estas preguntas con el fin de arreglado todo, sino para saber y comprender realmente. Por otro lado, sin duda interpreta el papel de un inocente. Está claro que es cómplice de este drama. En todo conflicto la responsabilidad es compartida por todos los actores. Él es responsable al cincuenta por ciento de la falta de amor de su mujer. Como también ella es responsable del cincuenta por ciento del hecho de que él esté a menudo ausente. La prueba es que el buen amigo aconseja al hombre volver a su casa todas las noches. Sigue su consejo y, en seguida, su mujer cae enferma. La mujer ya no lo soporta. Se quejaba de su ausencia, pero en cuanto lo tiene con ella, enferma.
¿Durante cuánto tiempo más vamos a interpretar el papel de inocentes justificando lo que hacemos y achacando la responsabilidad al prójimo? Nos tranquilizamos minimizando las cosas. Decimos que no es grave. ¿Por qué, entonces, pensamos que lo que hace el otro es algo grave? Vemos el sándwich de jamón en el ojo ajeno, pero no el sándwich de elefante en el propio... Lo que hacemos a los otros nos lo hacemos a nosotros mismos.

Un conferenciante trata de demostrar a unos estudiantes que, en nuestros días, los hombres se han vuelto terriblemente egoístas:
-Ayer mismo, cuando me dirigía con una amiga a un restaurante, vimos a un pobre hombre atropellado por un coche que yacía en tierra casi sin conocimiento. De todos los que le miraban, a nadie se le había ocurrido prestarle ayuda. Pues bien, después de comer, cuando salimos del restaurante, ¡ese pobre hombre seguía en el mismo sitio!

Se juzga al mundo proyectando en él lo que uno mismo es. Sería interesante, si nos peleamos con alguien, grabar en un magnetófono todos los insultos que el otro nos dice. Estos insultos definen a la persona que los profiere, porque en la trifulca nos convertimos en su espejo, ya su vez él en espejo nuestro.
Si no somos capaces de apreciar la belleza ajena es porque no somos conscientes de la nuestra, y si no vemos más que los defectos ajenos es porque en ellos no vemos más que los nuestros.

Durante un crucero, una pasajera, entusiasmada por un delicioso salteado de cordero, va a pedir la receta al jefe de cocina.
-Es muy sencilla -responde este último-: hay que rehogar doce mil cebollitas en veinticuatro kilos de mantequilla.

En la vida existen diferentes puntos de vista. Creemos que la realidad corresponde a nuestra mirada, sin sospechar que ésta es personal y no compartida por todos los demás. Cuando se dice que una cosa es cara o barata, ¿lo es para quién? Lo que es caro para un pobre puede ser barato para un rico.

El primo de Buda, Davadhatta, lo envidiaba. En cierta ocasión, viendo aproximarse al santo, tomó un arco y le lanzó una flecha. En el aire, la flecha se transformó y cayó como una flor a los pies de Buda.

Un no creyente lanza un higo podrido a Mahoma. Éste, creyendo que es el homenaje de un creyente pobre, lo recoge y, para no decepcionarlo, se lo come.    


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Alejandro Jodorowsky, en “Cabaret Místico”
Ilustración: mjolongshore

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