viernes, 11 de abril de 2014

¡Ternera Otra Vez!

Al regresar una noche a su casa, un hombre se encuentra con la sorpresa de que está vacía, abandonada por su mujer. De pronto, descubre en el tocador un sobre dirigido a él. Febrilmente lo abre y lee el siguiente mensaje: «Fernando, me he hartado ya de ti. Me voy con tu amigo Pedro. Para cenar, encontrarás ternera fría en el frigorífico».
-¡Oh, no! -gime el desdichado-. ¡No es posible...! ¡No quiero cenar ternera fría otra vez!

Este chiste recuerda una fábula de Esopo:
Un mosquito se instala en la oreja de un buey y le dice:
-Me vengo a vivir aquí. 
El buey sigue trabajando y llevando el mismo tipo de vida sin notar la presencia del nuevo inquilino. Un buen día, el mosquito le anuncia en tono categórico:
-¡Me he hartado ya de ti! ¡Me largo! 
Impasible, sin notar este abandono, el buey continúa trabajando como de costumbre.

Algunas personas, sumergidas en las brumas de sus egos, convierten al otro, sin verlo como realmente es, en una pantalla de sus proyecciones. El marido del chiste no se da cuenta de que la realidad ha cambiado, continúa viendo a su esposa como una esclava doméstica que no cumple bien su trabajo. En el caso del mosquito de la fábula, él cree que tiene una importancia capital, sin darse cuenta de que sí podemos ser necesarios, pero nunca imprescindibles. «Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece», se dice en Eclesiastés 1,4. En un momento dado -muchas veces gracias a la meditación-, el Yo personal emerge de su autismo y puede escuchar, ver al otro, lo otro, limpio de sus proyecciones neuróticas. Entonces cesan las interpretaciones, ya nada es convertido en símbolo de angustias psicológicas, las cosas son como son. En el budismo zen se dice que, para quien se ilumina, la montaña es otra vez una montaña y el río, otra vez un río.
Si dejamos de identificamos con el mosquito y adoptamos, al hacer introspección, la conducta del buey -que trabaja tranquilo-, haciendo lo mejor posible lo que" estemos haciendo, sin preguntamos adónde vamos y avanzando, centímetro a centímetro, para tallar nuestro diamante y llegar a ser lo que somos y no lo que los demás quieren que seamos, sufriremos de pronto una invasión de mosquitos. Son pensamientos que vienen para perturbar la paz de la meditación: «...Bzz bzz bzz... esta noche iré al cine con mi amante ...bzz bzz bzz... las elecciones, la política mundial ...bzz bzz bzz... mi familia, el dinero, las enfermedades ...bzz bzz bzz... las catástrofes...». Pese a ello, continuaremos meditando. Al comprobar que no les prestamos ninguna atención, las preocupaciones, como los mosquitos, se cansan y se van. Después de su partida, continuamos como antes.
Esta actitud de indiferencia ante las molestias de la vida exige una paciencia infinita, inseparable del amor a la obra. El perfeccionamiento de nosotros mismos merece todo nuestro cariño. En las familias donde se nos educa a punta de «¿Quién eres tú para poder afirmar eso? ¿Por quién te tomas? ¿Te crees superior?», aprendemos a buscar sedientos el aplauso y el amor de los otros, sin ser capaces de amarnos a nosotros mismos. Nos han hecho confundir el respeto y admiración por nuestro Yo esencial, con un lamentable narcisismo. Te dicen: «Hablas de amor a ti mismo, ¿pero qué das a los demás?». Podemos responderles: «Todo el trabajo que hago para perfeccionarme está destinado al otro y tiene por finalidad llegar a él... Llegar a quien no soy yo, sacrificando mi yo».
Es el trabajo que hace, en un cuento tibetano, una gota de agua que no quiere evaporarse: lucha contra el calor, las corrientes de aire y otros obstáculos para llegar finalmente al océano original, donde se sumerge feliz.
Así es la lucha que efectúa la razón para unirse al inconsciente. Hay fuerzas sombrías, pero también fuerzas brillantes, que asustan tanto como la oscuridad.
Debemos obligamos a encontrar esa luz interior porque en principio no deseamos hacerlo. Luchamos. Nos aterra perder la identidad. Sin embargo, al final, como resultado de una voluntad obstinada y tenaz, cedemos la última parcela de Consciencia, una transparente ofrenda, y nos disolvemos felices en la vacuidad.

Bien entrada la noche, un vecino ve a Mulá Nasrudín a cuatro patas y hurgando en el suelo bajo un farol.
 -Mulá, ¿qué buscas? 
-¡La llave de mi casa! 
-Pero tu casa está allá lejos, ¿por qué buscas la llave aquí? 
-¡Es que aquí hay más luz! -responde Nasrudín.

Por no atreverse a buscar la verdad en las tinieblas de su propio espíritu, Mulá Nasrudín va a buscarla donde no está, en los cómodos límites de su intelecto.

Un hombre está preparando una sopa. Para probarla, llena el cucharón, bebe un sorbo y se da cuenta de que está sosa y le falta sal. Manteniendo el cucharón lleno en una mano, añade sal dentro de la sopera y vuelve a gustar la sopa que tiene en el cucharón. Como de nuevo la encuentra escasa de sal, derrama más sal en la sopera y vuelve a probar la sopa del cucharón: ningún cambio. Entonces, abandona la idea de echar más sal a la sopa.

El cucharón es la parte de nosotros mismos que deberíamos mejorar. Decimos: «No soy feliz», pero en lugar de mejorar la relación con nosotros mismos buscamos mejorar las circunstancias exteriores. Cojos, le echamos la culpa al empedrado.


∼✻∼
Alejandro Jodorowsky, en “Cabaret Místico”
Ilustración: jessicatanguay



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